Calavera Mexicana. Símbolo de Vida. Por Luis Ignacio Sáinz
11 de noviembre de 2025

Colaboración
La muerte es democrática, ya que, a fin de cuentas, güera,
morena, rica o pobre, toda la gente acaba siendo calavera.
José Guadalupe Posada.

 

Perla Arroyo procede a partir de la reflexión, sin que ello signifique darle la espalda a la intuición plástica y espacial, y será la investigación el origen del proyecto Calavera Mexicana, orientado a visibilizar este símbolo de la cultura popular aportando elementos y visión propios. Las garbanceras de Posada, fatigadas y recuperadas por Diego Rivera para que no sucumbieran a la calidad de momias o se limitaran a su condición de vectores de la crítica, son resignificadas desde su despertar: el de la madre de los dioses, Coatlicue.

A partir de ella irrumpirán manifestaciones y desplazamientos, al modo de partos simbólicos que resumen lo mexicano en su amplitud: Coyolxauhqui, Xoloitzcuintle, Tehuana, Sor Juana Inés de la Cruz, Diego y Frida. Señas de identidad de nuestra cultura, motivo de la magna exposición Calavera Mexicana. Símbolo de Vida, integrada por seis esculturas de notable belleza, fundidas en bronce, dedicadas a honrar símbolos, personajes y deidades de nuestra historia.

Sin adjetivos, Arroyo renuncia a la grandilocuencia y evade la banalidad de esta forma, el cráneo y por extensión la calavera, que, de tan manoseada, ha reducido el cráneo a un símbolo pueril, carente de contenido pleno. Con gran entereza nuestra creadora se afana en potenciar el emblema original, suma de figura y concepto, que se desempeña como un signo fértil en la filosofía náhuatl, otea en las raíces atávicas de los antiguos mexicanos. La responsable de estos vericuetos compositivos desconfía de las apariencias, se empeña en buscar las estructuras de fondo. Menosprecia y desdeña la belleza epitelial, esa cáscara que al cubrirnos también engaña y aturde, ya que ofrece una visión frívola de nuestro ser animado.

Las calaveras de Arroyo guardan cierto hieratismo, un no sé qué de sagradas que nos convocan a desentrañar sus enigmas y secretos. Gritan hacia los cuatro puntos cardinales, exhaustas, sin emitir sonido alguno. Anhelan compartirnos sus dolores, pero también sus goces. Son referencia a la dualidad vida-muerte, sagrado-profano, en el tránsito de lo terrenal a lo cósmico y su retorno para cumplir el periplo de la intuición de mundo mesoamericana: continuidad sin ruptura de polos que nunca son opuestos, sino fases del proceso del ser y sus manifestaciones que involucra distintas capas de sentido: intelectual, emocional y moral.  

Perla Arroyo afirma su mexicanidad el carácter sostenido, la naturaleza integral, del pensamiento náhuatl, que constituye el eje de vertebración de sus pensamientos visuales, que hacen de ella una digna heredera de los antiguos tlamatinime, esos sabios de la lejanía que “sabían cosas”, y tlacuiloque, esos que “escribían pintando”, o en este caso esculpiendo y modelando en 3D. La suya es una mirada contemporánea donde no hay accidentes, no hay azar, las formas se autosignifican y su valoración formal se describe en su dimensión escultórica.

…la vida y sus alrededores son un tejido de ilusión.
Roberto Juarroz.

El poeta argentino (1925-1995) nos embiste con naturalidad al recordarnos que, en efecto, la realidad de la existencia está hecha de imaginación y la ilusión en particular se refiere desde su raíz a “jugar con la mente”, lo que vincula el engaño con la esperanza. Vivimos pues, nutriéndonos de sacrificios y rituales, más aún en esta temporada en que “no hay vida como la muerte para quien vive muriendo”. De allí nuestra fascinación por los cráneos y las calaveras. Empero, su presencia en tropel, su calidad de legión y ejército silente, evoca la “palizada de calaveras”, el tzompantli, en la feliz expresión del jesuita Joseph de Acosta (1590), de Mexico-Tenochtitlan y su suma de trofeos expiatorios, limosnas corporales de las víctimas, término que en su etimología latina se conoce, en singular, con la voz hostia, para nuestro desconcierto cristológico.

El altar de las inmolaciones funciona a modo de espacio de muerte bajo el sello ritual de las oblaciones a los dioses, decisivo en la creación de conciencia y significado. Su propósito como ceremonia u holocausto consistía en renovar la vida, permitiendo que la luz, el sol, Tezcatlipoca, se alzase victorioso sobre la noche y sus emisarios. Lejos pues, de la interpretación de los conquistadores, quienes propendieron a identificar este sitio de lo sagrado con el lugar de impartición de justicia, donde en el cadalso desplantan la horca y la picota.

Territorio espiritual mexica que en nada se vincula con el escenario del castigo novohispano. Si bien ambas formas tendrían como punto de contacto lo denominado por Rudolf Otto como tensión fascinans-tremendum, divergen en sus orientaciones: la búsqueda de la empatía y la protección de los omnipotentes versus la imposición de penas físicas con interés inhibitorio de las conductas de los súbditos. Una y otra devienen teatralidades de poder, aunque la indígena se proponga la adoración del misterio, la celebración de lo numinoso, mientras la mediterránea en su versión hispánica se afane en aplicar sanciones para salvaguardar un tipo de orden social y su reproducción hegemónica.

En el Libro V de la Historia Natural y Moral de las Indias, el ya citado Joseph de Acosta nos refiere con pesar y precisión: “Primeramente los hombres que se sacrificaban eran habidos en guerra, y si no era de cautivos, no hacían estos solemnes sacrificios, que parece siguieron en esto el estilo de los antiguos, que según quieren decir autores, por eso llamaban víctima al sacrificio (aquello seleccionado para ser ofrecido en sacrificio, pero también aquello vinculado a la condición de victus, “vencido”), porque era de cosa vencida, como también la llamaba hostia (“enemigo” en latín, que derivará en “víctima de sacrificio ritual”),  porque era ofrenda hecha de sus adversarios, aunque el uso fue extendiendo el vocablo a todo género de sacrificio. En efecto, los mexicanos no inmolaban a sus ídolos, sino a sus cautivos; y por tener cautivos para sus sacrificios, eran sus ordinarias guerras. Y así, cuando peleaban unos y otros, procuraban haber vivos a sus contrarios, y prenderlos y no matallos, por gozar de sus sacrificios”.

Así las cosas, estaba prescrito la pertinencia del “comercio ritual” en busca de seres sacrificables, amén de reconocerse que las guerras floridas (xochiyáoyotl) constituían ocasiones propicias para templar el carácter de los jóvenes guerreros, futuros gobernantes, en estos insólitos combates pactados entre las ciudades participantes a fin de capturar prisioneros que serían empleados en la cruzada por saciar el apetito y las ansias de los excelsos creadores.

Nada sobrevive de esa convicción trascendental, la violencia cósmica indígena o el martirio judeocristiano, versiones del sacrificio a los dioses, desaparecido por completo, cediendo su sitial a la muerte, la desaparición y la tortura como insólitos placeres, banalizados y casi normalizados, en una sociedad sin rumbo que pareciera incapaz de recapacitar.

Por todo ello, el quehacer estético de Perla Arroyo merece una lectura atenta y una mirada profunda. Se afana en recordarnos que la vida y la muerte son fases de un proceso unitario: el de la existencia plena y trascendente. Se empeña en impedir que olvidemos que su símbolo por antonomasia, el cráneo, no es un hueso despojado de sus atributos, sino un kerigma, un mensaje de reflexión vital poblado de alusiones a una filosofía, la nahua, que desafía en todo momento la extinción, resignificando y reconstruyendo la muerte como fase fértil propiciatoria de la renovación del cosmos.

Me parece que tales son razones suficientes, amén de la belleza de sus composiciones, para hincarle un diente al delicioso manjar de Calavera Mexicana.

——————————————————————

Texto escrito por el Dr. Luis Ignacio Sáinz para la presentación del Libro Arroyo Calavera Mexicana, llevado a cabo el pasado 11 de noviembre en la UAM Azcapotzalco en la  12º Librofest Metropolitano de la UAM Azcapotzalco en noviembre de 2025. Todos los derechos reservados a su autor.

Dr. Luis Ignacio Sáinz

Doctor en Ciencias Políticas y Sociales. Ensayista en temas de historia, estética y ciencia política. Entre sus libros destacan: Diego de Velázquez y el poder palatino; La mirada del sujeto: postulación de sentido y construcción de lo real; La cárcel de la metáfora: ensayos e interpretaciones sobre América Latina; Elogio al espacio: intervenciones escultóricas; Gilberto Aceves Navarro, desolación inmisericorde; Irma Palacios: poesía de la tierra; Xavier Esqueda: un homenaje; Manuel Felguérez: el empeño gramático. Con Jorge González Aragón dirige la colección editorial Corpus urbanístico de México en archivos españoles. Entre otros títulos sobre el tema, publicó El territorio y sus representaciones: lecturas filosóficas, geográficas y urbanísticas. Con Juan Álvarez del Castillo y el taller Majac, ha desarrollado distintas intervenciones escultóricas en espacios públicos.

BOLETÍN

    Aplicar para formar parte de la lista


    * Llenado obligatorio para continuar

    Al suscribir aceptas los términos, políticas y condiciones de este sitio web.
    Podrás cancelar tu suscripción a través del correo que recibas de nuestra parte en el momento que desees.