Calavera Mexicana: Identidad y Memoria
4 de septiembre de 2026

Arte y FilosofíaExposicionesReflexiones

¿Cómo se construye una imagen de identidad cuando distintas tradiciones —la mesoamericana y la judeocristiana— siguen operando al mismo tiempo, sin integrarse del todo? Esta es la pregunta que atraviesa mi serie Calavera Mexicana: Identidad y Memoria, presentada recientemente en el Museo de El Carmen junto con el Centro de Estudios Contemporáneos.

No tengo una respuesta cerrada. Trabajo en su búsqueda. Y en ese proceso he observado un contraste activo entre formas de pensar la vida y la muerte que han coexistido en el tiempo y que hoy siguen produciendo sentido.

Pensar la existencia sin oposiciones absolutas

Parto de una idea de la filosofía nahua que sostiene todo lo demás: la existencia no se organiza a partir de oposiciones absolutas, sino de tensiones dinámicas, fuerzas que se implican mutuamente. Vida y muerte no son términos excluyentes, sino momentos de un mismo proceso de transformación.

Dos conceptos me ayudan a explicar esto:

  • Teotl: energía generativa en constante devenir.
  • In ixtli in yollotl (rostro y corazón): fundamento ético-existencial de la persona.

Desde esta lógica, la identidad deja de pensarse como esencia y empieza a pensarse como construcción relacional. Algo que se hace, no algo que se es de una vez y para siempre.

Mi serie se inscribe en ese campo de tensiones. La calavera, en mi trabajo, no es un signo meramente iconográfico: es una estructura que hace visible la persistencia de lo humano más allá de su forma vital inmediata.

Dos tradiciones, un mismo tema: la infancia y el sacrificio

Hay un cruce concreto en esta exposición que ilustra, mejor que cualquier argumento abstracto, la tensión entre tradiciones.

En el registro mesoamericano, Teotihuacan ofrece evidencia arqueológica documentada. Entre el año 250 y el 650 d.C., durante el Periodo Clásico, los hallazgos arqueológicos documentan entierros infantiles en contextos ceremoniales, incluidos espacios vinculados a la Pirámide del Sol. En 1905 y 1906, Leopoldo Batres dirigió los trabajos arqueológicos ahí bajo el gobierno de Porfirio Díaz, y un dibujo suyo —conservado hoy en la Universidad de Cornell— muestra la pirámide con esqueletos de infantes dibujados en sus esquinas para señalar la posición en que fueron hallados.

Identidad y Memoria

En el registro judeocristiano, la infancia y la muerte se enlazan de otra manera. El Evangelio según san Mateo (2:16) relata la orden de Herodes de matar a los niños menores de dos años en Belén, episodio conocido como la Matanza de los Santos Inocentes, representado muchas veces en el arte europeo, entre ellas por Giotto.

Estas dos tradiciones conviven en México desde hace siglos. No se funden por completo: entran en tensión. La muerte puede aparecer como rito y símbolo, en el caso mesoamericano, o como pérdida e injusticia, en el caso judeocristiano.

Los Niños Dios: un gesto que persiste

Hay un ejemplo contemporáneo que ilustra esta tensión mejor que cualquier explicación teórica. Cada año, en México, los Niños Dios vuelven: se visten, se arrullan, se presentan en la Candelaria. Es un gesto que persiste más allá de su origen y que sigue en circulación, generación tras generación.

En ese punto, entre un imaginario de tradición y otro basado en una filosofía de la transmutación, algo queda suspendido. Ninguno de los dos alcanza a explicar del todo la muerte. Y ahí, en esa distancia, es donde opera la calavera mexicana.

La calavera como bisagra, no como síntesis

La calavera mexicana, en su dimensión simbólica, hace visible esa distancia. Atraviesa ambos órdenes, hilvana significados, genera identidad y memoria, sin resolver la tensión entre las tradiciones que le dieron origen.

Incluir referencias culturales diversas en mi trabajo —desde imaginarios cristianos hasta matrices mesoamericanas— no busca establecer equivalencias ni síntesis. Busca evidenciar que la identidad en México se constituye a partir de superposiciones y fricciones. En lugar de una continuidad homogénea, emerge una estructura estratificada, donde coexisten temporalidades y sistemas de sentido distintos.

Identidad como proceso

Esta exposición puede entenderse como una exploración de la identidad, no como esencia nacional, sino como proceso. Lo que está en juego no es la afirmación de un «ser mexicano», sino la manifestación de un devenir en el que múltiples herencias —materiales, simbólicas y conceptuales— se entrelazan sin resolverse completamente.

La calavera deja de ser un emblema para convertirse en una forma filosófica: una estructura que, al mostrar lo que permanece, permite pensar también aquello que cambia.

Quizá por eso la calavera pervive. Porque hay una historia que no termina de organizarse en un solo tiempo, y una memoria que no se deja cerrar.


¿Te perdiste la transmisión en vivo de esta charla? Puedes verla aquí. Y si quieres conocer más sobre mi trabajo con la serie Calavera Mexicana, visita mi página de exposiciones.

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