Coatlicue Nefertiti, escultura en bronce a la cera perdida, Perla Arroyo, Calavera Mexicana, arte contemporáneo mexicano, Ciudad de México 2024

Coatlicue: la diosa madre del panteón mexica — y por qué la enterraron una y otra vez
24 de julio de 2026

Arte y Filosofía

 

En agosto de 1790, trabajadores que realizaban obras de urbanización cotidianas en la Plaza Mayor de la Ciudad de México, ordenadas por el virrey conde de Revillagigedo, encontraron una escultura de piedra a 1.5 metros de profundidad. Los detalles de ese día nos llegaron gracias a los apuntes de un testigo indirecto: un guardia alabardero del palacio virreinal, de nombre José Gómez, que llevaba un diario. Se entendía como tan poderosa —tan ajena a cualquier categoría que la mirada occidental pudiera manejar— que las autoridades ordenaron volver a enterrarla.

El descubrimiento provocó inquietud en la población indígena y las autoridades novohispanas la interpretaron como una señal adversa, por lo que decidieron enterrarla bajo el claustro de la Real y Pontificia Universidad —es decir, la escultura fue trasladada primero al patio de la Universidad para su estudio, y fue ahí donde las autoridades (universitarias y eclesiásticas, alarmadas por el temor a que reavivara devociones prehispánicas) ordenaron cubrirla.

Coatlicue no fue olvidada —fue silenciada, una y otra vez. Primero por los propios mexicas, que la enterraron ellos mismos tras la caída de Tenochtitlan para salvarla de la destrucción, permaneciendo bajo tierra cerca de 270 años. En 1790, el astrónomo y anticuario Antonio de León y Gama la estudió y publicó la primera descripción científica de la pieza —el documento fundacional de la arqueología mexicana: la Descripción histórica y cronológica de las dos piedras, sobre Coatlicue y el calendario azteca, publicada en 1792. Pero antes de que ese estudio pudiera consolidarse, la escultura ya había sido enterrada de nuevo en el patio de la Universidad, por temor a que reviviera su culto: estudiantes universitarios y población mexicana enterada habían empezado a ir en masa a verla, como se va a ver a la Virgen de Guadalupe. Y eso parecía peligroso. La volvieron a desenterrar brevemente en 1803, para que el explorador alemán Alexander von Humboldt pudiera estudiarla y dibujarla —y la reenterraron apenas él terminó. En 1823 la exhumaron una vez más, esta vez para que un empresario inglés hiciera un molde que se exhibiría en Londres. No fue sino hasta 1825, con la fundación del Museo Nacional, cuando finalmente permaneció a la vista.

Lo que la lectura occidental no puede ver

Cuando los académicos virreinales describieron la estatua de Coatlicue por primera vez, usaron una palabra: monstruo. Y desde su sistema de pensamiento, tenían razón. Una figura sin cabeza humana —reemplazada por dos serpientes enfrentadas. Un collar de manos y corazones. Una falda de serpientes entrelazadas. Garras en lugar de pies.

Desde la lógica cristiana occidental, eso es una figura de terror. Desde la lógica náhuatl, es la representación más precisa que existe de cómo funciona el cosmos.

La diferencia no es estética. Es filosófica.

En la cosmovisión náhuatl, Coatlicue es Tēteoh Innān, la madre de los dioses, el punto donde converge el sistema entero: presente, pasado y futuro.

Debajo de su cuerpo, tallada en la misma piedra, está la representación de Tláloc-Tlaltecuhtli, símbolo del ciclo de la agricultura. En la filosofía náhuatl, los dioses no repartían sus roles por género o sexo, sino por complementariedades; generalmente se representaban en pares y con reciprocidad de las diferentes fuerzas del cosmos, divididas básicamente en los cuatro puntos cardinales y en los cuatro elementos de la vida, y transversalmente sobre el eje nacimiento-vida-muerte, cielo-tierra-subsuelo, no como opuestos sino como un ciclo de vida eterna. Son partes del mismo ciclo y la misma fuerza.

El imponente cuerpo antropomorfo está coronado por dos serpientes que sustituyen la cabeza que fue decapitada, de tal forma que las dos cabezas de serpiente no solo reemplazan un rostro perdido: convierten a la diosa en el eje del tiempo mismo. El collar de manos y corazones puede ser el registro de que la vida se sostiene con vida, que hay un intercambio permanente entre lo que se recibe y lo que se devuelve. La falda de serpientes es un vehículo de fuerza vital, fertilidad y transformación. Esta escultura es la representación de la filosofía del equilibrio más sofisticada que se conoce en el mundo náhuatl.

Coatlicue y Nefertiti: dos civilizaciones, la misma pregunta

Cuando trabajé en esta pieza para la serie Calavera Mexicana, la pregunta que me guiaba no era histórica sino filosófica: ¿cómo materializo en bronce una fuerza que lo contiene todo?

La respuesta llegó al poner en diálogo a Coatlicue con Nefertiti. No porque sean equivalentes —son figuras de naturalezas distintas. Coatlicue es la fuerza generatriz cósmica del panteón mexica. Nefertiti fue Gran Esposa Real y estaba en igualdad de condiciones con su marido Akenatón, figura de poder político y religioso en el Egipto del siglo XIV a.C. No era una diosa. Era una mujer con poder absoluto en una civilización que organizó el cosmos a su alrededor.

Pero las dos civilizaciones —Egipto y México— construyeron algo en común: la imagen de lo femenino como origen y sostén de todo lo que existe. Dos culturas que nunca se encontraron, separadas por miles de kilómetros y siglos de diferencia, que llegaron a la misma pregunta fundamental: ¿qué significa contener la vida y la muerte simultáneamente?

Por eso la escultura lleva la corona de Nefertiti sobre las cabezas de serpiente de Coatlicue. Dos civilizaciones que destacaron la cabeza femenina como símbolo de las fuerzas más poderosas regidoras de sus culturas: el poder político, el estatus real y la autoridad divina. Dos civilizaciones distintas, en épocas distintas, proveedoras del orden divino, el real y el cósmico.

Los símbolos que la conforman

Sobre el hombro de la pieza: la dalia silvestre. La flor nacional de México, conocida en el siglo XVI como «copa de agua» o «bastón de agua». Una flor de la tierra mexicana —la naturaleza como símbolo de lo que genera y sostiene.

En el centro de su pecho: el teyolía. El corazón que porta el alma en la cosmogonía mexica —una de las tres entidades anímicas principales. El lugar donde residen la vida, las facultades mentales y la persona misma. El teyolía no muere con el cuerpo. Viaja. Permanece. Se transforma.

La muerte coronada con la fuerza faraónica de lo femenino como fuerza, no como opuesto de lo masculino, sino como una sola entidad, que en conjunto y como capas cuenta en sinfonía dos mitos disímbolos en una sola composición: Coatlicue-Nefertiti.

Lo que se perdió cuando la enterraron

Quiero volver al dato con el que abrí este texto. En 1790 la enterraron porque no podían entenderla. Sus categorías no tenían lugar para una figura que contenía la vida y la muerte al mismo tiempo, sin que una venciera a la otra.

Lo que se enterró con Coatlicue fue una forma de entender el mundo en la que la dualidad no es problema —es la condición de todo lo que existe. Una filosofía del equilibrio que no necesitaba resolver la tensión entre opuestos porque nunca los consideró opuestos.

Esa filosofía fue suprimida porque era incompatible con el sistema que la enterró —un sistema que necesitaba que la muerte fuera castigo y la vida fuera mérito, que los opuestos fueran irreconciliables, que hubiera un ganador y un perdedor.

La consecuencia no es solo arqueológica. Es cultural, psicológica, colectiva. Una cultura que entiende la fragmentación como ciclo —como Coatlicue, como la luna que se desmembra y regresa— busca herramientas para procesar lo que le duele, que ninguna otra tradición le puede dar.

Enterrar eso es parte de los vacíos que se extienden en nuestra identidad.

Por qué bronce —y por qué ahora

La elección del bronce no es casual. Es el material de las civilizaciones que quisieron ser recordadas. La técnica de fundición a la cera perdida —proceso de más de cinco mil años— garantiza que cada pieza sea única e irrepetible: el molde se destruye para revelar la escultura.

La Coatlicue-Nefertiti de la serie Calavera Mexicana tardó aproximadamente cinco meses en producirse. El modelo original fue una mezcla de modelado 3D, diseño 2D y modelado tradicional. La corona fue trazada a mano sobre papel. El cuerpo, construido en alambre y plastilina. La flor, en alambre y plasticera. El corazón, en modelado 3D. Cada pieza fue ensamblada por separado y luego colada en bronce, en el taller del maestro Juan Hernández.

No es producción. Es investigación materializada en bronce.

Coatlicue no es un monstruo. Es el origen de todo. Y esa diferencia lo cambia todo.

→ Conoce la pieza Coatlicue-Nefertiti en perlaarroyo.com · Disponible en Saatchi Art

Perla Arroyo es escultora contemporánea mexicana, investigadora y autora. Creadora de Calavera Mexicana®, serie de seis esculturas en bronce y libro de artista bilingüe premiado con el 1er lugar en el Gran Premio de Artes Gráficas 2025. Exhibida en el Museo de la Cancillería, MNA, MUAC, UAM, FIL Guadalajara, Madrid y próximamente en Phoenix, Arizona. · perlaarroyo.com

Coatlicue · Nefertiti. Bronce a la cera perdida. 35 x 22 x 31 cm · 5 kg · Edición limitada de 8. Perla Arroyo, 2024. Serie Calavera Mexicana®

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