Territorio de la Memoria, Perla Arroyo, resina con cerámica negra, Calavera Mexicana: Identidad y Memoria, Museo de la Cancillería, Ciudad de México, 2026

Calavera Mexicana: Identidad y Memoria — Reflexiones al cierre de la exposición en el Museo de la Cancillería
7 de julio de 2026

Arte y Filosofía

Por Perla Arroyo

Calavera Mexicana® · Julio 2026

Hay una figura que atraviesa toda la historia cultural de México sin pertenecer del todo a ningún tiempo: la calavera. No es un símbolo del Día de Muertos, aunque ahí también viva. No es un vestigio prehispánico, aunque ahí también tenga raíces. Es, más bien, una imagen que persiste porque no ha terminado de ser explicada. Y esa persistencia, pienso, es la señal más honesta de que algo ahí sigue activo. Es también el punto de partida del arte contemporáneo mexicano cuando se toma en serio la pregunta de qué significa producir desde aquí.

La exposición Calavera Mexicana: Identidad y Memoria, presentada en el Museo de la Cancillería del 30 de abril al 26 de junio de 2026, partió de esa observación. No de una respuesta, sino de una pregunta que llevo años intentando formular con precisión: ¿cómo se construye una imagen de identidad en un contexto donde distintas tradiciones continúan operando al mismo tiempo, sin integrarse del todo?

Dos tradiciones que no se funden

Santos Inocentes I, resina blanca con corazón de barro e incrustación de caracol marino, Perla Arroyo, 2026. Exposición Calavera Mexicana: Identidad y Memoria, Museo de la Cancillería, Ciudad de México
Santos Inocentes I. Figura de bebé en resina blanca sosteniendo un corazón de barro con incrustación de caracol marino. Representa simultáneamente a los Santos Inocentes de la tradición judeocristiana y a los niños sacrificados de la cosmovisión mesoamericana. Parte de la instalación Santos Inocentes, exposición Calavera Mexicana: Identidad y Memoria, Museo de la Cancillería, CDMX, 2026.

La exposición propuso un cruce entre dos matrices culturales que han marcado de manera profunda la historia de México: por un lado, la tradición cristiana occidental, con su concepción lineal del tiempo y sus relatos del sacrificio como redención o castigo; por otro, las cosmovisiones mesoamericanas, en las que vida, muerte y equilibrio forman parte de una lógica cíclica donde nada se pierde y todo se transforma.

Esa tensión fue el eje conceptual de la exposición, articulado en una línea de tiempo que desarrollé para la cédula de sala: ‘Dos tradiciones en tensión’. Más que fundirse por completo, ambas tradiciones conviven y entran en conflicto. La muerte puede aparecer como rito y símbolo, pero también como pérdida e injusticia. La infancia, a su vez, concentra valores distintos según el marco cultural desde el que se mire.

El punto de tensión más revelador entre estas dos tradiciones no es la calavera en sí misma, sino lo que cada una hace con la muerte del inocente.

En la tradición judeocristiana, la muerte de los Santos Inocentes, narrada en el Evangelio de Mateo (2:16), representa la violación de la inocencia por el poder: Herodes ordena matar a todos los niños menores de dos años en Belén. Es una muerte como injusticia. Como tragedia. Como pérdida irreparable. El relato no busca el equilibrio; busca el duelo, la memoria del agravio, y la promesa de redención futura.

En los contextos mesoamericanos, la muerte ritual del niño —documentada arqueológicamente en Teotihuacan desde el período Clásico, con hallazgos de entierros infantiles en espacios ceremoniales vinculados a la Pirámide del Sol— no tiene el mismo marco semántico. No es castigo ni tragedia en el sentido occidental. Es ofrenda. Es participación en el ciclo cósmico. Es, desde la lógica náhuatl, una forma de equilibrio: se devuelve al cosmos lo que el cosmos ha dado, para que el cosmos siga dando.

Estas dos lecturas no se contradicen únicamente en lo teológico. Se contradicen en lo que proponen como relación entre el ser humano y la muerte: una plantea que la muerte del inocente debe ser llorada y recordada como injusticia; la otra, que puede ser consagrada como participación en un orden mayor.

Lo que me interesa no es resolver cuál de las dos tiene razón. Lo que me interesa es que ambas siguen operando, simultáneamente, en el imaginario mexicano. Y que esa operación simultánea es lo que hace que la identidad cultural de México no sea una unidad coherente, sino un proceso en tensión permanente.

La calavera como archivo

Death Without End and The Wall by Perla Arroyo — plaster, ceramic and ixtle — exhibited at Mexican Skull: Identity and Memory, Museo de la Cancillería, Mexico City, 2026.

Muerte sin fin y El Muro, obras de Perla Arroyo en yeso, cerámica e ixtle, presentadas en Calavera Mexicana: Identidad y Memoria, Museo de la Cancillería, 2026.

La cédula de sala que estructuró la exposición proponía leer la calavera como un soporte de sentido: una estructura donde se inscriben herencias visuales, tensiones históricas y formas diversas de comprender la vida y la muerte. Una forma resistente, atravesada por capas de significado, donde se entrelazan pasado y presente.

Esa lectura no es metafórica. Es literal.

El cráneo humano es, biológicamente, la estructura que protege el cerebro: el lugar donde se alojan la memoria, el pensamiento, la capacidad de producir sentido. Convertir el cráneo en símbolo cultural —en cualquier tradición, en cualquier época— es un acto que reconoce esa función y la desplaza hacia el territorio de lo colectivo: ya no es el lugar donde vive el pensamiento de un individuo, sino el lugar donde se deposita el pensamiento de una cultura.

Desde esa perspectiva, la calavera mexicana no representa la muerte. Representa lo que persiste después de la muerte. Lo que sobrevive cuando el cuerpo ya no está. Y ese residuo —esa forma resistente que queda— es exactamente lo que llamamos memoria.

Los Santos Inocentes y la identidad que no se cierra

 

Quiero volver un momento a los Santos Inocentes, no como evento bíblico sino como operación cultural.

El relato de Mateo no solo narra una matanza. Narra la primera tensión documentada entre el poder político y la vida inocente en la tradición cristiana occidental. Y esa tensión —el poder que suprime lo que no puede controlar— tiene una resonancia particular en la historia de México, donde el poder colonial suprimió sistemáticamente las representaciones, los textos, los templos, las cosmologías y los símbolos de las culturas que encontró.

Lo que se enterró con Coatlicue en 1790 no fue solo una escultura. Fue una forma de entender el mundo que el orden colonial no podía tolerar, por la misma razón que Herodes no podía tolerar al niño que, según la profecía, vendría a desafiar su reino: porque lo que no se puede controlar se suprime.

La diferencia es que Coatlicue fue desenterrada. Y que los estudiantes universitarios del siglo XVIII que fueron a verla —y que las autoridades coloniales consideraron peligrosos por eso— intuyeron algo que la academia tardaría décadas en articular: que esa figura no era un vestigio del pasado, sino una pregunta activa sobre el presente.

Esa es la condición de la identidad mexicana que la exposición buscó señalar: no una unidad cerrada, sino un proceso abierto donde los relatos que no terminaron de organizarse siguen produciendo significado. Los Niños Dios que vuelven cada año —que se visten, se arrullan, se presentan— son un ejemplo de ese proceso: un gesto que persiste más allá de su origen y que sigue en circulación, sin que nadie haya decretado oficialmente su permanencia.

La identidad no se declara. Se practica. Y lo que se practica, aunque no se entienda del todo, permanece.

Lo que queda

Al cierre de la exposición en el Museo de la Cancillería, lo que queda no es una conclusión sino una apertura.

La calavera mexicana, en su dimensión simbólica, hace visible la distancia entre dos formas de entender la muerte. Atraviesa ambas tradiciones y las pone en contacto sin resolverlas. Y en ese contacto —en esa fricción— genera algo que ninguna de las dos tradiciones podía generar por sí sola: una imagen de identidad que no es ni completamente prehispánica ni completamente cristiana, sino el resultado de su coexistencia imperfecta.

Eso es lo que llevo ocho años investigando. Y eso es lo que estas seis esculturas en bronce —fundidas a la cera perdida, una de las técnicas de fundición en bronce más antiguas del mundo— buscan materializar: no el símbolo tal como fue, sino el símbolo tal como sigue siendo —vivo, activo, en tensión, sin terminar de organizarse en un solo tiempo.

Agradezco a la Secretaría de Relaciones Exteriores, al Museo de la Cancillería y al Instituto Matías Romero por hacer posible esta exposición. Al Dr. Luis Ignacio Sáinz, por su acompañamiento a lo largo del proyecto. A la FILCO. Y a todos los que visitaron la muestra y se detuvieron a mirar.

 

La itinerancia de Calavera Mexicana: Identidad y Memoria continúa. La serie se presentará próximamente en Estados Unidos.

Perla Arroyo es escultora contemporánea mexicana, investigadora y autora. Es la creadora de Calavera Mexicana®, una serie de seis esculturas en bronce y un libro de artista bilingüe premiado con el 1er lugar en el Gran Premio de Artes Gráficas 2025. La serie ha sido exhibida en el Museo de la Cancillería, Museo Nacional de Antropología, MUAC, UAM, FIL Guadalajara y Salon du Connaisseur en Madrid, entre otras instituciones. · perlaarroyo.com

 

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